Entradas

Mostrando entradas de noviembre, 2020

Parte 4: Había una vez

Había una vez una mamá que ignoraba la tormenta que se cernía y que estaba siempre con esa sensación de que no hacía lo suficiente, de que faltaba más. Había una vez un bebé que debía ser feliz. De su felicidad dependía el universo, de su sonrisa, el sol de cada mañana, el sueño de las noches, la respiración de cada día. Había una vez un mundo que se construyó sobre las ruinas de una niñez destruida, de una familia rota; una nena q aprendió a ser mamá sobre esa destrucción, un bebé que llegó a su vientre cuando no debía, una tormenta q se desató en su cuerpo silenciosamente y los abrazó con la fuerza fatal con la que un huracán desaparece una ciudad. Había una vez una mamá q aprendió a sentirse culpable, a dejar de respirar si él sufría, a no disfrutar aunque podía, a ponerse una máscara de fortaleza y salir al mundo a luchar contra los molinos de viento. Había una vez un bebé que creció y se hizo hombre, que se curó y un día abrió la puerta y salió a jugar, a probar, a acertar y equiv...

Parte 3: Gap

 Un día algo se rompió. No sé cuándo fue. Y me quedé varada como en un gap mental. Perdí la conciencia de dónde perdí ese pedazo, de a dónde se cayó, de por qué. No me quedé a juntar pedazos, a ver el desastre ahí tirado. Seguí adelante, como siguen los guerreros. Porque te enseñaron a ser guerrera, a caer y a levantarte. Te enseñaron a que no te podés quebrar, así que mejor rearmate, no tomes registro de nada, pegá lo que quedó, salí al mundo. Pará. En serio. Algo se rompió. Necesito saber dónde porque en realidad nada está pegado, todo lo dejé agarrado así nomás y por los espacios que quedaron entre los fragmentos de mí se filtran cosas, cosas que no quiero ahí. Y soy una guerrera, sí. Pero a los guerreros también los lastiman, también lloran, también llaman a mami y piden que papá los levante en brazos. Y si ellos pueden, yo también. Besame la frente, haceme upa, decime que todo va a estar bien. No me digas más que oculte, que me trague las lágrimas, que me arregle solita. Ayuda...

Parte 2: Sanarte

Cómo es el trabajo de sanarte a veces. Ir viendo tu vida como un suéter e ir desarmando el tejido para encontrar ese lugar en que te saltaste un punto y se perdió el equilibrio, y te llevó a seguir volviendo a usar ese pulover que te quedó torcido y que aún así seguiste usando tanto tiempo. Como el del cuento de Cortázar, ese del cual nuestro héroe no podía escapar. Sólo que esta vez no hay ventana por donde caer. Tu vida es la ventana, el precipicio en el que ya estás. Y lo único que te queda es desandar el vacío hasta ir llegando a eso que te marcó para siempre, que te abrió esa herida que late, no sabés dónde, pero late y a la misma vez te mastica. Te cansaste de escaparle, de seguir metida en ese espiral, y ahora luchás y luchás cada vez con más fuerza para atravesarla.  Acá no hay salto al vacío. Acá hay fuego puro, y sólo podés salir de él caminando. No queda otra. Ya corriste demasiado.